Te cuento...

Érase una vez una era, en la que la claridad –sobre todo mental-, imperaba en la tierra. Ello era debido a que de repente toda una generación descubrió el poder que le daba ser libres de conceptos heredados y falsos tabúes, con lo cual cada uno se dedicaba a lo que más felicidad le aportaba, sin la necesidad de la aprobación ajena para moverse a su libre albedrío.
No era raro ver casas transparentes o pintadas al óleo, tiendas con alas de quita y pon, y gente bañándose en charcos de chocolate caliente.
Nada suscitaba la atención de nadie..., nada salvo una mujer que vivía encadenada al muro del castillo de un gran Señor.
Un día, alguien se acercó a preguntarle por qué no se liberaba y era feliz como todo el mundo, a lo que ella respondió:
La auténtica libertad, sólo la siento entregándome a mi Señor
y la verdadera felicidad, sólo la encuentro con Él
su voz, un simple roce que desnuda
la caricia de sus cadenas en mi piel..
