El huevo cocido

Pon un huevo a cocer, le pidió él. Veintisiete velas alumbraban la sala de estar, todas perfumadas de zetas: de jazmín, de azahar, de manzana. La mujer reapareció portando el huevo cocido y humeante en una taza de desayuno.
Llevaba puesto un pijama de algodón de color azul marino y él observó cómo sus pezones sobresalían como boyas en la tela.
Déjalo aquí en la mesita y échate en el suelo, boca abajo. Ella obedeció y se tumbó en la alfombra, abrió ligeramente las piernas y cruzó las manos sobre su espalda en gesto de sumisión. El hombre le quitó el pantalón del pijama y se arrodilló entre sus muslos.
A continuación, embadurnó su trasero desnudo con aceite de almendras y comenzó a masajearla, a apretar las nalgas con sus grandes manos cada vez más intensamente y a jugar con ellas, juntándolas y separándolas, para que los carnosos labios de su sexo se abriesen y se cerrasen a su antojo, dejando entrar por ellos el viento cálido del deseo.
Sus dedos oleosos empezaron entonces a acariciar lascivamente los agujeros que se le ofrecían y a introducirse en ellos con dulzura y firmeza.
Levanta bien el culo, le dijo de pronto. Y en esa postura indecente y maravillosa, el hombre cogió el huevo caliente y se lo introdujo en la vagina. Ella sintió cómo el fuego le quemaba sin quemarle, y cómo el calor se expandía por las entrañas y convertía todo su cuerpo en una ardiente fogata. Instintivamente, una de sus manos se dirigió al clítoris y comenzó a masturbarse, atrapada en la marea de sus flujos que se derretían como cera en su vientre. Sin dejar de observarla el hombre se desnudó, para liberar por fin su pene que sin piedad le exigía disfrutar él también del calor de aquel huevo. Y un instante después, las veintisiete velas temblaron en la sala de estar, pero en seguida alzaron de nuevo sus llamas con más brío si cabe.
--^^--Gatonegro--^^--
