El Tejado de Gatonegro
El Cuarto se sigue ampliando.
He invitado al más felino de los habituales al Cuarto a mudarse definitivamente a nuestro tejado para que desde allí nos cuente todo lo que ve con sus hechiceros ojos de gato.
Sin más, le doy la bienvenida y os dejo con Gatonegro:
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Me dice sonela si me apetece establecerme en el tejado de su Cuarto para desde allí poder contaros mis historias. Confieso que me costó aceptar, aunque desde el primer momento sabía que no podía negarme: estar cerca de sonela es para mí un placer demasiado irresistible. Así que aquí estoy, dispuesto a relataros episodios de la vida y de la calle que vea desde este tejado o en mi deambular por la ciudad. Unas historias serán más largas, otras más breves, pero espero que todas con el interés o el morbo suficiente para que podáis disfrutar conmigo de ellas.
Gracias de nuevo sonela por brindarme tu espacio, y anticipadas a vosotros por vuestro tiempo.
Entre coches
Regresaba de madrugada hacia mi Tejado cuando, al pasar junto a un solar oscuro que sólo sirve de aparcamiento, escuché unos rítmicos chasquidos que llamaron poderosamente mi atención. Me acerqué con sigilo al lugar de donde provenían aquellos extraños sonidos, apenas iluminado por el eco mortecino de una farola lejana, y descubrí a un hombre y a una mujer de pie en medio de dos coches.
La mujer estaba de espaldas, atada por las muñecas a los retrovisores de ambos vehículos, con su vestido ceñido de satén granate subido hasta la cintura y las bragas bajadas hasta la mitad de sus muslos abiertos. El hombre se había situado detrás de ella a un metro escaso de distancia y, con su propio cinturón, le azotaba una y otra vez sus hermosas nalgas, que ya casi habían adquirido el mismo color que su vestido, mientras todo el cuerpo de ella se contoneaba y se estremecía al compás que imponía la cruel correa. Palabras susurradas que no conseguía entender escapaban como dardos de la boca del hombre, pero por el tono no era difícil suponer que se trataba de insultos y frases vejatorias.
Lo que más me sorprendía era que la mujer no gritase pidiendo ayuda, que ni tan siquiera se quejase de los golpes que estaba recibiendo. Me pregunté si la habría amordazado y, al comprobar que no, si sería muda y por eso era incapaz de protestar o de pedir socorro.
Aunque había algo que no encajaba, mi espíritu caballeresco me impulsó a lanzarme en defensa de aquella víctima inocente, resuelto a rescatarla de las garras de tamaño energúmeno. Y ya me había subido al techo de uno de los coches, a punto de lanzarme con las uñas por delante sobre su cara de satisfacción, cuando escuché, claramente, que la mujer decía:
-Vamos cariño, fóllame ahora, fóllame por favor ¡ya no aguanto más!...
Con el rabo entre las piernas me bajé del coche y salí de allí como por el albañal; pero al rato empecé a lanzar maullidos de la risa, pensando en la metedura de pata que había estado a punto de cometer. Me acordé de una frase que le gustaba repetir a Don Gato y que con demasiada frecuencia suelo olvidar: “Amigo, nada es lo que aparenta.”
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