Dueño, Señor y Amo del Universo
Esa noche irían a una fiesta importante.
Él esperaba impaciente en la puerta.
Estaba tardando mucho en arreglarse.
Pasan 10 minutos.
Qué raro.
Ella nunca tarda tanto.
Él nervioso, la llama
bueno, ya se la oye bajar.
Ya es tarde e irán con prisas
y él presume de puntualidad.
Ella se le acerca despacio
muy despacio
haciendo bailar su hermoso
vestido de plumas
a cada paso
con una enigmática sonrisa
y los ojos hechos faros
de luz fija con destellos.
Se quedó parada frente a él
y como le había hecho miles de veces
le cogió de la corbata
y cariñosamente le tiró de ella para obligar
bajar su alta cabeza
a la misma altura que la de ella para besarse.
Él entreabrió su boca esperando
el habitual beso
pero ella sólo abrió los labios
para decirle adiós.
Y se fue corriendo en la oscuridad, con mucha precaución de no mirar atrás. Llegó exhausta a las orillas de su amante, pero por primera vez no se fundió en Él solo al verlo, porque también había llegado el momento de decirle adiós.
Ella sabía el secreto y Él ya no la podría retener.
Aunque la magnitud de su amor hacia ella no existía en medida, Él, el Señor y Amo de los Océanos, no era el más grande, y debía ofrecer a la primera humana que lo había despertado en su inmensidad como amante. La amaba, pero debía entregársela al más grande, al Amo de todo.
Lo invocó ocultando su rabia con la cabeza dirigida hacia el cielo oscuro cuando todas galaxias se comprimieron y unificaron en una gran bola de estrellas rojas arremolinadas encima de la cabeza de ella.
En cuestión de segundos el cielo se llenó de meteoritos brillantes y lunas de colores que era como el más grande espectáculo pirotécnico del que la tierra fuera testigo.
Ella, acurrucada por última vez en las olas de su amante, siente que se acerca un poder desconocido y como cambia su destino.
¡La ha aceptado!
El Señor y Amo del Universo la ha aceptado como suya
y todo el Cosmos satisfecho, aplaude en dimensiones púrpuras.
