Lena y Zia
Caía la tarde, y sólo quedaban Él y Zia jugando con las pequeñas olas en ese lado de la playa. Alejada se divisaba la figura de otro surfer.
Era Lena, inconfundible su impecable estilo bailando encima de las olas y siempre surfeando sola, pero ese día, ola a ola, se fue agrupando a ellos.
Mientras Zia sentada en su tabla flotaba de espaldas a la playa, mirando como el sol se ponía, Él y Lena hablaban apartados de ella.
Salieron los tres del agua, Él ayudó a Zia a incorporase, y la besó al mismo tiempo que otras manos le bajaban la cremallera de la espalda del traje de neopreno y se lo quitaba. Él deslizó la ancha diadema que le sujetaba el pelo a la altura de los ojos, colocándosela como venda, la tendió en la arena y le susurro al oído:
- "Zia, zia ... siempre soñando con ser poseída por el océano, con cabalgar a Jaws, pensando que el éxtasis está en la ola sagrada.
Te aseguro que a partir de hoy, cambiará el ritmo de tus sueños..."
Notó como en cada tobillo le ajustaban un invento – correa que se pone en el tobillo y va unido por un cordel a la tabla de surf -, y como le colocaban las muñecas por encima de su cabeza y las aprisionaban con el invento de la tercera tabla.
Yacía en la orilla casi inmovilizada, y más cuando separaron al máximo las tablas para que sus piernas quedaran completamente abiertas, expuesta y a merced de las olas, de la arena, del viento y... de ellos.
Sentía labios y dedos que la recorrían y exploraban. Tuvo un extraño goce al notar por primera vez como unos pechos llenos de sangre y de sed, se frotaban y apretaban contra ella como terremotos devoradores de una salvaje cachorra marina ansiosa...de hembras. Él se apartó para ver como una golosa Lena excitaba, lamía y usaba exóticamente el cuerpo de Zia produciéndole avalanchas de placer a la vez que ella amplificaba sus orgasmos con gritos que llegaban al firmamento, como avisando a los Dioses de que la ofrenda era femenina y no apta para ellos.
Muchas veces fue penetrada, pero Zia nunca supo que artes utilizó Lena para provocarle aquellas sensaciones desconocidas que le hicieron explosionar los más salvajes orgasmos y los aluviones del más inaudito placer. Sus femeninos dedos llegaron a hacerle sentirse como una botella de cava cuando se descorchaba.
Él tenía razón, descubierto lo sublime del éxtasis y descolocados por unanimidad sus impulsos, ya no podría ser la misma.
Una vez la desataron quedó acurrucada en la arena, saturada de placer y exhausta.
Él le acarició la cabeza y le levanto la venda, justo a tiempo de ver como Lena se adentraba en el mar con su tabla blanca.
Seguro que ella tampoco soñaba con la ola sagrada.
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Fotos de sonela
