AFRiCa IV. LaMu
Karibu Lamu. Bienvenidos a Lamu.
Aterrizamos en la isla de Manda y en una barca hicimos la travesía para llegar a la isla de Lamu. A medida que nos acercábamos el panorama nos atravesaba las pupilas por su belleza, era como entrar en un cuento en el que el tiempo se había parado.
Lamu es especial. El transporte público es el burro (incluso hay un santuario de burros) y el dhow, un velero típico árabe que lo que más nos llamó la atención de él fue la manera de ver como la tripulación se subía a un tablón de madera para hacer de contrapeso.
Estábamos como hechizados con el sitio, nos quedaban dos semanas de vacaciones y cosa rara, pero Brais propuso acabarlas allí. Contratamos un dhow, el Mandela se llamaba, y navegábamos casi todos los días. A veces íbamos a bucear a los arrecifes de coral, con la tripulación del Mandela atenta a que no pasáramos a la zona de tiburones.
Otros días cruzábamos de una isla a otra, parando el las paradisíacas y solitarias playas para bañarnos en aquellas aguas turquesas mientras nos preparaban en una hoguera lo que ellos habían pescado.
Nos alojábamos en un hotel típico swahili, hecho de piedra de coral y metido en una de las estrechas callejuelas por las pasan todo el día burros y mujeres con vestidas con bui buis negros.
La religión en la isla es la musulmana.
Las ventanas no tienen cristales, y el rebuzno de los burros se mezcla con el canto del muecín que llama a la oración por el altavoz de una de las mezquitas cinco veces al día.
Por las noches cenábamos en el muelle y la tripulación del Mandela nos venía a invitar a umra a cambio de compañía y unas cervezas. La umra (que es como se pronuncia), es un arbusto que allí venden en la plaza sus tallos por manojos, y es como un acto social reunirse para masticarlo. Se va pelando con los dientes la corteza y con un pequeño trozo de chicle se masca, y así sucesivamente hasta tener una considerable bola en la boca. Si te quieres levantar de golpe no puedes; al principio nos parecía coña, pero tremendos colocones que da el umra.
Falta decir que me enamoré de Lamu y fue muy difícil después volver a la realidad, porque allí quise cerrar las tapas del cuento y no salir nunca más de él.
