Un yogui de ahora en las montañas
Allí donde las montañas enmudecen celosas sus secretos y el aire regala salvaje aromas de romero y paz, encontró su sitio Sönan Chöpel.
Puede permanecer horas meditando sin mover un músculo ni una pestaña, y aunque da la impresión de que vive en su mundo ajeno al nuestro, cuando se conoce es evidente que a parte de ser un disciplinado y peculiar yogui, también posee un gran valor humano. Dice él:
“Yo no creo en una felicidad exterior ni en nada que valga la pena para no poder sentirme libre de vivir y morir a mi manera.
Amo lo que me hace sentir vivo, una lágrima, una sonrisa, una mirada penetrante llena de luz cálida, la luna besando con sus labios de plata las olas del mar, un cielo de estrellas en una noche sin luna...
Me da tristeza ver a la gente correr sin meta, insultar la belleza del bosque dejándole sus residuos abandonados. Parar el vuelo de los pájaros con la boca de fuego. Transformar los ríos –venas del planeta- en suero muy parecido al pus. El azul del mar en negro color sin vida. Ver matar seres por otros seres. Los hombres guerreros transformados en borrachos tragantes de humos con modales de hablar sin dulzura ni ternura. Niños imitando los adultos en esta tristeza. Las imágenes que veo para vender productos me dan tristeza por su falta de respeto.
Por esto quiero vivir la vida con lo que ella me ofrece, y quiero irme al morir, dejándole un reconocimiento; darle las gracias por haberme sacado lágrimas al mostrarme esta belleza. Al morirme, le daré las gracias por haberme hecho sentir vivo al vivir; y sembraré un deseo...que el hombre descubra este paraíso dentro de su propio jardín de libertad.”
