Claudia, Claudia...
Quedaban ya muy pocos seres con cabeza, y Claudia, la cotizada e inaccesible modelo, ve que las profecías de la abuela acerca de su futuro se van cumpliendo. Que se vea peinando canas imposible ¡con la de tintes que hay! pero eso de vestir santos... no, no, sólo de pensarlo la silicona le oprimía el alma.
Una noche se arregló discreta y decidió salir a tomar algo en un bar que solían ir seres con cabeza, pero que ella en su divismo jamás se había rebajado a entrar. Nada más llegar lo vio a él.
El se llamaba Michael B., es un ex batería que trabajó con un príncipe de la generación del nuevo poder o algo así.
Sintió un escalofrío caliente y se noto avergonzada sin razón cuando él le saludó sonriendo como si la conociera de toda la vida. Como imanes se atrajeron y pasaron horas intimando. Ya quedaban pocos seres con cabeza en el bar cuando ella en un sublime acto de amor le enseñó a doblar camisetas, y él entusiasmado, intentó aplicar la técnica para doblar su falda.
Todo promete, ellos se quieren y aunque el porvenir se abre siempre como una interrogación que cierra el otro interrogante de la muerte, nos han convocado a los amigos, antes que se entere la prensa sin cabeza, para decirnos que su amor es incombustible y eterno.
