En clausura
Una vez escuché campanas pero sabía dónde.
Tocaban a laúdes y rápidamente salí de mi celda al vacío pasillo de novicias pues todas ya estarían en la capilla. Corrí atravesando el claustro principal del monasterio arremangándome la falda y con mucho cuidado de no pisar a las dos tortugas gigantes que vivían allí. Cuando entré ya estaban cantando y ocupé mi sitio discretamente intentando que la madre Abadesa no se diera cuenta.
Sí se la dio, y antes de la cena me mandó llamar.
Yo temiendo lo peor, me la encontré con una sonrisa. Me dijo que como nueva hasta el alma del monasterio conocía mi rebeldía, que cuando me subía al campanario y me ponía a cantar pensando que allí no me escuchaba nadie se oía más allá de las murallas por el eco que allí era enorme y cualquier susurro lo amplificaba. Según ella mis “cánticos” eran bonitos, pero no apropiados (B. Marley). También que varias novicias le habían pedido patines para disfrutar conmigo y patinar por los enormes claustros haciendo volar los hábitos. Conocía mi amistad con las madres cocineras y las visitas que les hacía abandonando mi trabajo en el taller de libros desapareciendo a veces por horas.
A pesar de todo eso dijo que había decidido adelantar mi toma de hábitos y en pocos días sería la ceremonia.
Salí de su despacho andando despacio, por el camino correcto rodeando los claustros por primera vez desde que vivía allí en lugar de atravesarlos, pensando si por fin ya había encontrado lo que buscaba.
Dos días más tarde, al acabar los maitines estaba una moto negra esperándome en la puerta principal.
Por qué casarme con Dios si primero podía hacerlo con un humano.
