Mejor por las escaleras
Marisa se miró en el espejo del ascensor cuando bajaba y vio que le quedaban algunas marcas de la almohada en la cara.
Trabajó su turno de ocho horas en el hospital, hizo la compra y regresó a su casa.
Marisa se miró en el espejo del ascensor cuando subía y en un inútil gesto de alisar la mejilla vio perpleja que aun seguían las lineas en la cara. Se acercó todo lo que pudo al espejo abriendo bien los ojos.
No eran marcas de la almohada. Eran arrugas. Sus primeras y tímidas arrugas pero al fin y al cabo arrugas infames que no entraban en sus planes, ni en su vida, ni por supuesto podían instalarse así como así en su cara.
Al pararse el ascensor casi estaba en estado de shock.
Nadie la había avisado que se iba a dar cuenta de que se estaba haciendo mayor de esa manera tan brusca y en un ascensor.
Cuando me lo contaba toda afligida no pude evitar las carcajadas mientras trataba de consolarla diciéndole que sólo tenía que ser a partir de ahora más simpática.
