Tiempos y estados de Anxo
Anxo vive treinta y siete kilómetros al norte en una aldea
que no sale ni en el mapa.
Es natural, animal de instintos, transparente de mente y
sietemesino.
Su afición lo celta, a las rocas y a las piedras marroquíes,
destacan su lado mineral.
Aunque con augustos padres, desde joven marcó las pautas.
Fue hippie, surfer y pijo. Payaso y malabarista de cuanta
fiesta se organizaba en la playa, era el centro de atención
porque hacía con sus pelotas lo que le daba la gana.
Siempre.
Su lema era folla, fuma, bebe, que la vida es breve.
Y tenía su propio estilo.
Todas se mojaban las bragas soñando llevar las tobilleras
con los colores de su tabla, que aunque absurdo simbolizaba
el orgullo de ser la elegida del sumo representante, por no
llamarle el Dios del salitre, del ron y de los pimientos rojos
de chili picantes.
Una ola de la vida le dio la vuelta y cansado de probar
camas y obscuros placeres, decidió cambiar su código de
conducta cotidiana, se esfumó y durante años no supimos
absolutamente nada.
Nada.
Hace un tiempo apareció con un cuatro por cuatro,
una chica extranjera, nuevas arrugas y una larga melena.
Vive donde no hay más que verde, piensa en verde, come
verde y fuma verde. Anxo ahora también es vegetal.
Donde habita son apenas diez humanos, bien difícil es
llegar pues el acceso es a través de laberínticos caminos
de cabras, por eso cuando reciben visitas se convierte en
festivo y ofrecen de todo para que se demore la retirada.
Trabaja en tareas del campo y por las noches apoyado en
el hórreo de su casa, toca al lado de su preñada chica
un día la flauta y otro la gaita.
Dice que es feliz, que cuando cabalgaba olas y niñas andaba
perdido, que su estrella en las mareas no estaba,
que la encontró en medio de los toxos, los grelos y las vacas.
Pronto nacerá su retoño y nos prepararemos para el desafío
de ir a verlo sin dejar el tubo de escape en el camino.
