Muchos minutos te debo, Gatonegro
- ¿Y cómo fue la cena?
- Perfecta. Habíamos quedado a las ocho en el restaurante para tomarnos nuestras cervezas, y después de estar un rato hablando y riéndonos en la terraza, y para sorpresa de muchos, ella se vino a mi casita a cenar.
- No seas vanidoso, Gatonegro.
- Ya lo sé, es muy estúpida la vanidad, pero reconoce que también tiene su lado placentero, sobre todo cuando uno no está acostumbrado a tener algo de lo que presumir. Pero sí, supongo que salí del restaurante como un pavo hinchado. Ya en mi casa preparamos la cena entre los dos y cenamos fuera, bajo las estrellas y un Ribera del Duero que compré para la ocasión. Y seguimos conversando, descubriéndonos el uno al otro, divirtiéndonos, forjando una amistad que habría de durar toda la vida.
Toda la vida. En este fragmento del libro no publicado ya lo decías.
Ese libro cuya edición única y privada yo poseo, y que a la vez me posee a mí en cada página.
Me has hecho protagonista de un libro y actriz de tu vida, acortando con poemas y música, con piedras agujereadas y gran voluntad los más de mil kilómetros que nos separan.
Ya no sé con que humor me sigues enviando cartas que contienen sobres y sellos ya preparados para devolverte la respuesta que nunca llega. Confieso la vergüenza que siento al verlas.
Tampoco me explico como cada otoño esperas con ilusión que coja mis maletas y mi vestido de nada.
Si tuviera que definir a que huele el paraíso, diría que huele a incienso y mares tibios, a queimadas y cocidos gallegos hechos con fuego del Sur, a perfume de amigos que solo veo una vez al año, pero mucho antes de llegar, si abro la ventanilla, el aire me huele a ti.
Alquimista de letras, poeta que regala su magia, si un folio lo conviertes en arte y haces desaparecer distancias
¿puedes también olvidarte de mi vagancia?
